Noruega en barco

Todos los que esperábamos al preciado barco, éramos cicloturistas huyendo del túnel. 


Otro chico jovencito polaco, que también esperaba, nos dijo que él no tenía mucho presupuesto, pero que había cogido el barco hasta el primer puerto porque no se veía capaz de cruzar otra vez el túnel. Nosotros te comprendemos, amigo. El resto de la tripulación era una pareja de alemanes.
Por fin metimos todas las bicis en el barco y las amarramos en cubierta como pudimos. El mar estaba muy revuelto a causa de la tormenta. Seguía lloviendo y había unas olas que atravesaban el barco de un lado al otro. Nos metimos al salón. Yo solo pensaba si las bicis seguirían en el barco al llegar al destino. Aunque después de tanto tiempo sin dormir y con el sofá tan cómodo en el que había caído, mis ojos no tardaron en cerrarse. El barco es bastante pequeño y antiguo, muy auténtico, te hacía sentir un pescador o algo así.

Yo dormí bastante rato del tirón y mientras tanto parece ser que a Miguel le cundió bastante. Ayudó al chico polaco a desembarcar en el primer puerto, bajó las bicicletas a otra planta, asistió a una charla sobre la producción de energía en Noruega y se duchó, ya que la mujer alemana le chivó dónde había duchas, que también yo aproveché más tarde.
Cuando el barco llegó al puerto de Hammerfest bajamos a ver un museo del ártico, donde se podía ver un oso polar disecado. La verdad que estaba bastante interesante. Al rato volvimos a partir.
Tocaba tramo en mar abierto y el barco era como un patito de goma en una bañera chapoteante. Me empecé a marear muchísimo. Miguel me sacó a cubierta a ver si con el aire (vendaval) se me pasaba, pero ni con esas. Hasta que no vomité no me encontré un poco mejor. Menos mal que al rato acabó la zona de mar abierto y que existen tantas islas en Noruega.
A media noche llegamos a Tromso y desembarcamos con la esperanza de encontrar la dichosa rueda y poder seguir por tierra. Tromso es la ciudad más grande del norte de Noruega, allí tenía que haber cubiertas. Nos llevamos una sorpresa al desembarcar, ya que en el puerto estaba embarcado el Sunrise, el barco de Greenpeace. Y como podéis ver en la foto, a pesar de ser medianoche, podríamos decir que era cualquier hora del día...

Salimos del puerto en busca de un lugar para dormir un poco, pero no encontrábamos ningún lugar tranquilo, además que había mucha humedad y la hierba era muy alta. Acabamos durmiendo en la estación de los autobuses del aeropuerto, en una pequeña sala que había cerca de un centro comercial. Nos sentíamos como completos trotamundos. No tenía nada que ver con dormir en la tienda de campaña, pero bueno, era de noche, hacía frío y llovía. Nosotros sentimos esa pequeña sala como un hotel de lujo.
Por la mañana, la gente empezaba temprano el día así que a pesar de que habíamos llegado tarde, madrugamos con el primer hombre, que llegó a las seis de la mañana. Nos preguntó cosas y nos dijo que se podía acampar sin problema. Lo extraño sucedió un rato después.
De repente vino un coche de policía. Pensábamos que nos dirían algo, pero la chica que se había sentado a nuestro lado, salió y empezó a correr. Parece que esta vez no iba con nosotros el asunto. Aunque desde que había llegado aquella noche el lugar me pareció bastante raro. Lo cierto es que la policía salió corriendo detrás de la chica y la detuvieron. Todo esto sin que nadie hiciese el menor ruido, sin comunicación. Daba la sensación de que nos habíamos metido en medio de una película muda. El coche desapareció sin más y nosotros decidimos que ya era hora de ponerse en marcha.
Lo primero que hicimos fue ir a visitar el jardín botánico de Tromso, el más al norte de Europa. Miguel supo de su existencia en su viaje a Islandia y desde entonces quería visitarlo. Y la verdad que fue todo un acierto. Es magnífico y tienen muchísima variedad de plantas, sobre todo de zonas árticas y de montaña, que no estamos tan acostumbrados a ver por el sur. Nos encantaron las prímulas del Tíbet, que tienen un olor muy agradable. Lo tienen muy bien cuidado y está muy bien organizado. Además desde la parte más alta había unas vistas magníficas.

Con esta buena sensación fuimos en busca de la cámara perdida a ver si por fin nos hacíamos con ella. Pasamos por dos tiendas de bicis del centro de la ciudad pero no hubo suerte. Nos dijeron que allí lo más común eran las ruedas de invierno y de montaña y no tenían más. De hecho a pesar de ser pleno julio, hacía un frío inusual. Las montañas que rodean la isla estaban todas llenas de nieve. Nos acordamos de la pareja de italianos que abandonaron. Nos contó el dependiente de la tienda de bicis que no era normal que hubiera tanta nieve en esas fechas y que el invierno había sido muy largo, lo mismo que ya nos habían advertido en el sur de Finlandia cuando comenzamos. Y nos contó que en invierno lo normal es que, muchas veces, llegase la nieve hasta los siete metros. Pues tampoco estábamos tan mal entonces… Pero era una estampa preciosa poder disfrutar de las vistas desde Tromso. La ciudad está delimitada por la isla en la que se asienta y comunicada con otras islas y con tierra firme por unos puentes curvados enormes. Por lo menos había merecido la pena parar allí.
Volvimos al centro comercial, al lado del cual habíamos dormido, que tenía una tienda de deportes y nos dijo el dependiente que probáramos suerte allí, pero tampoco la tenían.
Decidimos volver a coger el barco hasta las islas Lofoten, ya que allí había bastante cicloturismo y creímos posible encontrar la cubierta. Para ese mismo día ya no era posible, así que haríamos noche otra vez en Tromso. Buscamos un lugar mejor que aquella sala de espera. Esta vez acampamos debajo de unas escaleras de lo que parecía un edificio abandonado de la universidad. Suerte que estábamos un poco a cubierto porque estaba lloviendo. Hicimos ronda también por los supermercados en busca de comida y devolviendo latas.
Por la mañana también resultó ser un lugar transitado, ya que había un parking de arena al lado donde llegaban a aparcar trabajadores de la zona. Pero, lo cierto es que nadie nos dijo nada y seguimos descansando otro rato, que buena falta nos hacía. Después fuimos a la biblioteca a seguir preparando el viaje. Las bibliotecas son muy buenos lugares cuando estás de viaje: suelen tener wifi gratis, aseo, calefacción y es un sitio a cubierto. En frente teníamos una pareja. La chica estaba enseñando recetas crudiveganas y explicando los beneficios de los alimentos al chico. Mientras estábamos en la zona de cafetería, llegaron unas cicloturistas estadounidenses. Dos hermanas que querían viajar por la isla Senja. Miguel les ofreció sandía, que teníamos de la ronda del día anterior y ellas se sentaron con nosotros. Estuvimos hablando de nuestros viajes. Cuando se fueron, el chico de la pareja, que nos había estado escuchando, nos contó que él acababa de llegar de viajar a dedo por toda Europa. Así que otro punto a favor de las bibliotecas es que te relacionas con la gente.
Cuando cerraron la biblioteca se me ocurrió la brillante idea de dar una última vuelta por la isla con las bicis antes de ir a coger el barco, que partía a media noche. A la rueda de Miguel se le acabó de abrir la raja, con suerte que la cámara no se rompió. Paramos en medio del carril bici a repararla en medio del asombro de los pocos ciclistas y corredores que pasaban. Pero ninguno dijo nada, que parece ser lo más normal en esa ciudad… Teníamos tiempo, pero nos quedamos sin ronda por los supermercados. Fuimos directamente al puerto donde conocimos a Olaf.


Este chico alemán, vivía en Finlandia y se dirigía a Trondheim en bicicleta para ver a unos amigos. El barco que había llegado era mucho más grande que el Lofoten, el anterior que cogimos. Olaf nos explicó que hay diferentes barcos en la flota y que varían sus precios, aunque a nosotros nos parecían todos carísimos… Nos comentó que el Lofoten es el más antiguo y auténtico y al entrar nos dimos cuenta de la razón que llevaba. Esta vez tuvimos que dejar las bicis en la bodega y no teníamos acceso a ellas. El salón para dormir los que no teníamos camarote era muy de diseño, pero muy poco práctico. Estaba todo enmoquetado y las escaleras tenían cuadros. Había un olor peculiar entre desinfectante y plástico.

Esta vez el barco nos llevaría hasta Harstad, a la entrada de las islas Lofoten, donde pensamos que igual había alguna opción más de encontrar la rueda, por lo de que allí era muy típico el cicloturismo en verano. Este viaje se me dio bastante mejor. El barco era mucho más estable y el mar estaba más tranquilo también.
Al llegar al puerto, Olaf bajó a desearnos suerte, despedirnos y darnos su contacto por si necesitábamos algo. La bici de Miguel estaba deshinchada. Parece que cada vez aguantaba menos y teníamos que encontrar la cubierta si pretendíamos visitar las Lofoten.
Encontramos los primeros turistas cerca del puerto y de la información turística, donde nosotros obtuvimos la ubicación de las tiendas de bicis. Una vez más la suerte no estaba de nuestro lado. ¿Tan raras son las ruedas de nuestra bicicleta? En Holanda nos habían asegurado que las podríamos encontrar en cualquier parte de Europa. Supongo que no conocían Laponia… 
Pasamos por la biblioteca para barajar las opciones. Desistimos de intentarlo en Bodo y continuar en el barco hasta Trondheim, ya que era la ciudad más grande. Escribimos a gente de allí y un español, Alberto, nos ofreció su dirección para pedir la rueda por internet y recogerla a la llegada y así lo hicimos. Y otro chico español, Gonzalo, nos acogía en su casa. Con este primer paso resuelto, volvimos a mirar el barco, que había subido de precio, así que esperaríamos un día más en esa isla, antes de volver al dichoso barco.

En el monte a las afueras de la ciudad había un refugio estupendo, donde situamos nuestra base de operaciones. Salimos a hacer la ronda de supermercados y ese día encontramos una tarta, que como era difícilmente transportable nos comimos en el acto: 700 gramos de tarta para el cuerpo. Por lo menos algo que nos endulzaba el día. Cuando llegábamos al supermercado vimos a otro hombre con una bicicleta y bolsas en el contenedor. Era la primera vez que veíamos a otra persona haciendo lo mismo que nosotros. Pero supongo que más gente lo tenía que hacer. Ese hombre parecía bastante humilde, la verdad.
Volvimos a nuestra cabaña a tiempo de disfrutar de la cena, la puesta de sol y las magníficas vistas.
Aprovechamos la mañana para ir a la biblioteca y mandar las fotos de nuestra llegada a Cabo Norte a todos los que nos las habían pedido. Yo me compré un casco nuevo, que el mío se me había roto. 
Otra vez será, Lofoten.
Cuando bajamos al puerto ya estaba el barco atracado. Mucho antes de tiempo. Entramos y descubrimos que era el barco que iba en sentido contrario. Menos mal que nos dimos cuenta, anda que si volvíamos a Cabo Norte otra vez… Mientras llegaba nuestro barco Miguel se dedicó a coger mejillones, que había por el puerto.
Y como de gracias iba el día, en el barco que sí se dirigía a Trondheim, nos volvieron a separar de las bicicletas y además nos hicieron pagar por primera vez diez euros por cada una de ellas. El precio del lujo. Esta vez nos había tocado un crucero en toda regla, lleno de turistas, con tarjetas de embarque, que leía un lector láser y te decía un goodbye tan artificial que se te clavaba en las sienes. Pues eso, crucero de lujo con piscina, jacuzzi y sauna y toda la pesca habida y por haber. Además, esta vez, no habíamos tenido más remedio que coger un camarote, ya que estaríamos más de una noche, aunque nos incluía el desayuno tipo buffet.

No sabíamos que en la flota del correo había tan diversos barcos. Eso sí, muy parecido te vale el ticket en el barco más antiguo y auténtico, que fue el primero al que subimos, que en este supercrucero de turistas, que fue el último. Lo peor de este barco era que cada rato sonaban los altavoces anunciando una nueva excursión y el dichoso goodbye antinatural del ordenador, cada vez que bajabas en algún puerto.

Lo mejor es que pudimos descansar en la absoluta oscuridad del camarote interior, ya que veníamos del día de 24h, ya sabéis. Ni nos enteramos cuando paró en Bodo a las tantas de la noche. También tuvimos la suerte, y esto es lo único que agradecimos a los altavoces, de poder ver delfines desde la cubierta y adentrarnos en el 'Trol fiord' desde el barco.

Veíamos los fiordos desde el mar y disfrutábamos de paisajes únicos, metidos en el jacuzzi a veces, que estaba en cubierta. No todo era tan malo hombre, así que nos quedamos con estas experiencias. Quién nos iba a decir a nosotros que acabaríamos en un crucero de esos… Pero cómo no supimos hasta entonces que había diferentes barcos y que se diferenciaban por el nombre, pues montamos en el que nos tocaba según el día. La suerte o la providencia eligieron por nosotros. Paradójicamente, siempre había querido hacer un crucero, suerte que nunca llegase a materializar la idea, porque ahora tengo muy muy claro, que no me gustan en absoluto los cruceros. Somos más de tierra firme…
Lo que sí teníamos claro era que nos estábamos dejando un dineral en los dichosos barcos y que teníamos unas ganas inmensas de recibir la rueda y rodar. Aprovechábamos para recoger la gran cantidad de latas y botellas que tiraban los turistas del barco. Otra barbaridad.
De todos estos días decidimos quedarnos con lo bueno antes de abandonar el barco y de rogar encontrar la rueda y poder seguir por tierra. Los megáfonos sonaron por última vez para anunciar que, al fin, llegábamos al que esperábamos fuese nuestro último puerto en Noruega por el momento...

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