Finlandia: Laponia

Y después de estos maravillosos días de acampada, al fin llegamos a la ansiada Rovaniemi: la ciudad de los cuchillos. 


Desde Riga ansiábamos llegar allí y conseguir un magnífico cuchillo para tallar cucharas. Llevábamos uno con nosotros para cuando lo necesitábamos y la verdad que le estábamos dando buen uso, así que ya no estaba tan afilado. En casa de Mike, donde habíamos tenido tiempo para hacer de todo un poco, empecé a experimentar con él e hice mi primera cuchara del viaje. Por fin, conseguimos nuestros cuchillos, a los que podíamos inscribir unas palabras. ¡Qué maravilla! Ahora ya podíamos llevar a la práctica lo que nos había enseñado Aldis en Riga. Poco después de comprarlos estábamos los dos, en un banco de un parque, dale que te pego con los cuchillos. Menos mal que en Finlandia es muy común ver a la gente de campo llevar sus cuchillos colgados del cinturón, incluso a los niños, aunque ellos lo llevan para cazar, bueno, y supongo que para lo que les haga falta. 
Aunque a nosotros nos llamaba más la atención la ciudad por los cuchillos, no podíamos olvidar que allí estaba la casa de Papá Noel, así que a la salida pasamos por su pueblo, Napapiiri y visitamos su casa, desde donde se podía saludar en directo a la familia, aunque no conseguimos que nos vieran. La casa de Papá Noel daba casi hasta un poco de miedo. Creemos que se habían pasado con la parte mágica… Pero bueno allí nos recibió y le contamos nuestro viaje. Dos meses y habíamos llegado hasta la línea del círculo polar ártico, estábamos a las puertas de Laponia. ¿No parece increíble? Y en bici, por nuestro propio esfuerzo. No os puedo explicar la sensación, ¡pero es increíble! Según las señales que te indican la distancia de las principales ciudades, estábamos a 3.524 kms de Madrid y 1.935 de Ámsterdam.

Entrábamos en Laponia con el cambio de mes. Hemos entrado en julio, aunque el calor en Finlandia es bastante moderado. Todavía no hemos sufrido en exceso a los mosquitos tampoco.
Partimos hacia Lohiniva, donde íbamos a hacer nuestra segunda parada del camino. En uno de esos días de camino, en un bosque, encontramos por primera vez el famoso Chaga, del cual habíamos encontrado una tarjeta en Rovaniemi con sus propiedades y que explicaba lo que es, ya que en esa ciudad se podía comprar en las tiendas turísticas. Seguimos acampando en laavus y vimos los primeros renos. Todo era nuevo para nosotros y nos íbamos sorprendiendo con cada cosa que encontrábamos.
Habíamos contactado con Yukka para parar en su granja otra semana, como anteriormente lo hicimos en la casa de Mike. Yukka es un chico joven que vive en una granja en un pequeño pueblo aislado de Laponia. Vive con su padre, y a pesar de que él no hablaba inglés nos encantaba estar con él y aprendimos algunas palabras en finlandés para comunicarnos con él. Bueno, lo cierto es que en cada país aprendíamos las palabras más básicas. También vivía otro chico más joven, que se pasaba casi todo el día jugando al ordenador, pero que era muy majo. Yukka nos contó que había tenido una novia española, que es artista, aunque no aprendió español. Y tenía un hijo que conocimos después.
En la granja de Yukka había un huerto un poco caótico, pero también había animales. Tiene cabras, conejos y gallinas y tenía unos huevos en la incubadora para tener pollitos y justo íbamos a poder ver su nacimiento. También tiene tres perros de caza, pues en gran parte depende de ellos para pasar el invierno, cuando todo es nieve, hielo, frío y oscuridad. Y de vez en cuando, se dejaba ver su gato. Por cierto, los días siguen alargando.

La experiencia con él fue magnífica. Aprendimos a ordeñar a las cabras, dábamos de comer a los animales, vimos nacer a los pollitos, fuimos a ver el proyecto de su hermana, que se había comprado una vieja escuela y la estaba adaptando. También fuimos a un lago cercano y a la cabaña que tenía vistas al río que en invierno se convertía en la autovía al helarse. Nos resultaba curioso imaginar el invierno. Tendríamos que volver en otra ocasión a verlo. 
En la cabaña pasó algo muy bonito. A parte de que nos comieran los mosquitos, que eso era el día a día allí, Yukka nos había enseñado que en Laponia todos los niños aprenden a usar los cuchillos de caza en el colegio tallando lo que ellos llaman una kuksa, que es una taza de madera. Nos dijo que de donde mejor se tallaba era de los grandes nudos del abedul, ya que son redondeados. Como vio en mí mucho interés taló un abedul de su terreno para leña y porque tenía el nudo y nos lo preparó para llevárnoslo y poder tallar nuestra propia kuksa, uno para cada uno. 

Respecto a los mosquitos, les preguntamos qué hacían para que no les picaran y nos dijeron que lo mejor era que te picasen muchos, te llenabas de veneno y ya no te volvían a picar más. Pero en verdad eso no funciona. Además luego entramos a la sauna y así exudas el veneno. En fin. Otra vez en la sauna… Eso sí que es vida. Allí nos enseñaron que ellos se daban por la espalda con ramas de abedul porque es bueno para la circulación.
Nos lo pasábamos bien, probamos la leche de cabra, que es bastante diferente de la de vaca, pero que está muy buena y además la utilizábamos para hacer kéfir y un día también hicimos helados con ella. La verdad que nos sentíamos muy agradecidos de participar en los cuidados de la granja y disfrutar de sus alimentos.
En la semana que estuvimos también pasaron por allí otro hombre suizo que iba un poco de retiro espiritual a la cabaña que tenía Yukka y pasó un cicloturista alemán, con el que ocurrió una anécdota buenísima. Resulta que uno de los conejos murió y Yukka lo dejó para dárselo de comer a los perros. El problema es que lo dejó demasiado tiempo y cuando le mandó al chico partirlo en trozos explotó. No estábamos en casa, pero nos lo estuvo contando al llegar. Pobrecito… Lo mejor es que aun así, se lo dio de comer a los perros. Ese mismo día llegó el cicloturista alemán que parecía un poco tiquismiquis. La cosa fue que, de repente, en el salón donde iba a dormir el cicloturista y donde daba la habitación donde dormíamos nosotros empezó a oler muy mal. Pasado un tiempo con ese olor tan repugnante, nos dimos cuenta de que había una gran caca que parecía papilla en la alfombra. Enseguida Miguel y yo hilamos y pensamos que había sido algún perro, que esa tarde estaban un poco raros. Se habían puesto malos de comerse el conejo. Veíamos la cara del cicloturista, nos acordábamos de lo que nos había contado el chico imaginándonos el conejo explotando y veíamos a los perros que no podían con el cuerpo y nos dio tanta risa que al ir a contárselo a Yukka, no éramos capaces de contárselo de la risa. Casi ni pudimos ayudarle a sacar la alfombra de la casa… ¡Vaya tarde nos pegamos a reír!
Aunque estábamos la mar de a gusto la semana pasó y era hora de emprender una vez más el viaje por Laponia, camino a Cabo Norte. Otra despedida triste, bueno como casi todas, para qué voy a mentir. Cada persona que hemos conocido hasta ahora ya tiene un hueco en nuestro corazón.
Habíamos aprovechado para poner a punto también las bicicletas, así que estábamos completamente listos para continuar.

Laponia está muy despoblado, hay más renos que personas, aunque muchos están encerrados, pues todos pertenecen a alguien. No son libres. Pero bueno. Lo cierto es que aunque no había muchas casas, pueblos o gente, había muchas cabañas de libre acceso con su chimenea y madera para poder hacer fuego. Estas cabañas son muy utilizadas en el invierno, pero la verdad que a nosotros nos venían la mar de bien. Muchas, además, disponían de baño seco. No podíamos quejarnos en absoluto de las noches de acampada, eran fabulosas. Acampamos durante varios días y uno que estábamos en un bosque donde a ratos escuchábamos talar árboles, nos despertó un reno, que debió de darse un susto mucho más grande que nosotros. ¡Esa tarde habíamos visto que en ese bosque había una sauna! Debía de ser para los trabajadores del bosque. Total que como era bosque maderable, no había mucho hueco para acampar y nos quedamos a la entrada de un caminito pequeño, que no creíamos que se fuese a utilizar hasta que oímos al reno. Debía de ir tan tranquilo él, pensando que tampoco iba a encontrar a nadie por su camino, como cualquier día, y allí que se topó con nuestra tienda. 

En Sirkka, había una gran estación de ski y debía de ser muy turística en invierno. Lo que nosotros encontramos fue una cabaña de madera al lado del campo de golf, que suponemos que sería para que los turistas se calentaran entre partida de golf y el ski, pero que a nosotros nos vino la mar de bien, ya que esa noche estaba lloviendo.

Uno de estos días en que avanzábamos, de repente, me encontré un cuerno de reno en la cuneta. Cada vez era más normal cruzarnos con ellos. ¡Qué emoción! Nunca había tenido ningún cuerno de ningún animal en mis manos y no sé por qué, pero me parecía valiosísimo y preciosísimo. Me paré en seco y lo recogí y decidí transportarlo junto a mis demás pertenencias. He de decir, por si alguien no lo supiera, que los cuernos los mudan y se les caen solos. Ningún reno sufrió para que yo me hiciese con su cuerno. Todo natural. A pesar de haber mandado el paquete a España desde Tallin nuestras pertenencias iban en aumento en Finlandia entre el chaga y los cuernos de reno.
Seguimos avanzando rumbo Cabo Norte. Queríamos conocer a los samis e intentamos acceder al lugar que nos había recomendado Janne. Eran solo seis kilómetros fuera de la ruta, pero no pudimos llegar, a los tres tuvimos que volver, muy a nuestro pesar. Estaba todo embarrado, había piedras puntiagudas, humedales en los que había que continuar por un camino de madera. Y todo esto rodeados por mosquitos asesinos. Fue la primera vez que usábamos los sombreros antimosquitos que nos aconsejó David.

Avanzábamos muy despacio y se hizo un rato interminable. Por fin decidimos volver y renunciar a los samis. La sorpresa vino cuando vimos que la rueda de Miguel había pinchado. Pero esto no fue la mejor noticia, además del pinchazo la cámara se había rasgado. Estaba tan nerviosa que no supe utilizar la bomba de aire que tantas veces había utilizado y decidimos continuar andando hacia el pueblo más cercano, que estaba a unos 12 kms. Pasaban coches y les intentamos parar a todos pero nadie paró. Al fin, llegamos al pueblo, Inari, donde en una gasolinera pudimos inflar la rueda. La reparamos como pudimos para continuar, porque a pesar de que tenían tienda de bicis, solo era para alquilarlas, y no tenían la cámara que necesitamos. Aprovechamos también para visitar el museo sami que había en el pueblo, que aunque no era lo mismo, nos hizo una idea de quiénes eran los samis y un poco cómo vivían.
A todo esto, no os he comentado los nuevos bichos que habíamos conocido a parte de los mosquitos. Resulta que hay unos bichos que son entre mosca, tábano y avispa, que son capaces de perseguirte tras la bici, ir a tu velocidad, sea cual sea, y a mí además me picaban en movimiento. A Miguel no, él ya tuvo suficiente con los mosquitos polacos, ahora era mi turno. Por cierto, los mosquitos finlandeses no le afectaban tampoco a Miguel. Cosas raras que pasan.
Al día siguiente, con la rueda remendada pusimos rumbo con la esperanza de encontrar alguna tienda de bicis en algún pueblo de la ruta. Pronto llegaríamos a la frontera con Noruega y estaríamos tan cerca de Cabo Norte...
En este último tramo, la carretera estaba en obras y entre lo ondulada que era, las máquinas con su ruido y los tramos sin asfalto, se nos estaba haciendo un poco pesado. Habíamos aprovechado y recogido cuatro bolsas de basura llenas de latas de las cunetas de las carreteras, tiradas por los turistas. Como en Laponia no hay casi poblaciones no deben de contar con servicio de limpieza de las carreteras y allí se iban acumulando. ¡Es tremendo! Bueno, creo que no las recogían ni en las zonas pobladas, porque lo cierto es que las habíamos encontrado y en gran número en todas las carreteras por las que habíamos transitado, pero en esta zona había tantas que después de haber llenado todas las bolsas de basura que teníamos y con las que podíamos, aun teníamos que dejar muchísimas porque no podíamos recoger más. Y en las ciudades veíamos mucha gente que las buscaba por las papeleras. Lo que nos preguntamos es qué le costará al que se la bebe en su coche guardarla hasta llegar al siguiente pueblo. Nosotros cargábamos con nuestra basura siempre y nos costaba un poco más llegar hasta el siguiente pueblo…
Pero bueno, en el último pueblo de Finlandia hicimos acopio con todo el dinero recaudado de las latas. Por lo menos limpiábamos ligeramente las cunetas y eso nos servía también de ayuda a nosotros. Además íbamos bastante entretenidos entre buscar latas y chaga.


Conclusiones

Hemos podido descubrir que en Finlandia hay bastantes problemas de adicciones, tanto al tabaco, como al alcohol, a las drogas y al juego. Nos ha parecido sorprendente ver en los supermercados máquinas tragaperras en las que se pueden ver jugando a abuelos con sus nietos. 
Descubrimos, que en uno de los países mejor valorados en los ránquines de yo qué sé qué, hay una corrupción terrible en política. La mayoría de los niños de campo tienen una moto con la que se dedican a pasear y meter ruido por los alrededores, lo cual tampoco entendemos muy bien. Si observas a los jóvenes siempre sueles ver un grupo de ellos a la puerta de un supermercado con bebidas energéticas en las manos y sin apenas hablar entre ellos. Hay también mucho problema con la obesidad. La gente es muy retraída y tímida y apenas te hablan si no te conocen. Es muy curioso. Así que tendrán también la mejor educación según la revista fulanita y el mejor nivel de vida del mundo o de dónde se les antoje decir, pero a nosotros no nos daba para nada esa impresión. Parecía gente con muchos problemas, triste… y lo cierto es que dan pena.
Lo que sí nos llama mucho la atención es su nacionalismo. Allí no bebían coca-cola, sino las bebidas que ellos producen. La gente consume los productos nacionales, aunque estamos casi seguros que los pepinos que compraban eran españoles y lo único que habían hecho ellos es emplasticarlos con su bandera. Y el tabaco se chupa. Lo ponen entre el labio y la encía y es mucho más fuerte que los cigarros. Lo mejor es que no echan humo.
También nos parece curioso que en las zonas rurales es fácil encontrar a la gente con cuchillos de caza colgados del cinturón.
En Laponia, de lo que más puedes encontrar son renos en recintos, ni siquiera libres y bosques, inmensidades de bosques monocultivo para talar. Arrasaban con grandes áreas de bosque y era bastante difícil encontrar pájaros u otra vida animal que no fueran los renos. La única vida animal que prosperaba sin límites, ya que no tenían ningún tipo de depredador, eran todos los tipos de insectos. Era muy triste ver inmensidades de bosque con el mismo tipo de árbol y con el mismo tipo de animal donde quiera que mirases. Nada de biodiversidad. Allí parece que todo se hace por y para el dinero y nada tiene más utilidad que eso.
También nos ha sorprendido la importancia que daba la gente a lo que hemos estudiado o no. Era de las primeras preguntas que nos hacían. En plan eres lo que has estudiado, o lo que tienes. 
En fin, hemos descubierto una cultura completamente diferente a la nuestra y claro, nos choca. Supongo que a ellos también les chocaría mucho vernos en nuestro país y las cosas que hacemos. Por lo menos hay diversidad cultural, ya que no hemos encontrado de ninguna otra, bueno miento, de insectos también había mucha diversidad.
La verdad que, a pesar de todas las maravillas que se hablan de este país, no nos ha gustado especialmente, es el que menos nos ha gustado desde que comenzamos el viaje, pero no quita para que hayamos conocido a gente estupenda y hayamos pasado momentos para grabar en el corazón.
Les agradecemos que hayan inventado la sauna, que tengan unos cuchillos estupendos de caza, que a nosotros nos sirven para tallar nuestra propia kuksa y utensilios de madera y todos esos refugios y cabañas tan alucinantes donde hemos pasado noches de ensueño. Y lo que más nos gusta es haber conocido tan a fondo un árbol como el abedul, cuya corteza tiene alto contenido en alcohol y es muy inflamable, por lo tanto es muy buena para empezar el fuego y que el hongo que se lo ‘come’, el chaga, es un hongo con propiedades medicinales y además está bastante bueno. 

A ver si los noruegos tienen más cosas para nosotros…

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