Noruega: Cabo norte
Después de hacer acopio y gastar los últimos euros en la frontera pasamos a Noruega. Ya casi estábamos rozando el cabo habitado más al norte de Europa.
Los primeros paisajes eran de una belleza excepcional, este país no se parecía mucho a Finlandia. Cada vez la vegetación era más diferente y el agua nos empezaba a rodear. Los árboles se convertían en enanos y les cuesta mucho más crecer y mantenerse rectos, debido al clima. Ellos también tienen que sobrevivir al frío y la oscuridad. A pesar de estar ya en el mes de julio, pronto vimos nieve por las cumbres, por aquello del verano tardío.
Contactamos por couchsurfing con un chico sami, Jon, ya que no conseguimos ver aquel sitio tan especial, por lo menos conocer a uno. Resultó que no entendíamos muy bien lo que nos decía por couchsurfing de quemar su casa, pero nos aceptaba en Lakselv. Después descubriríamos que es un chico muy sarcástico. La cosa es que íbamos camino de su pueblo cuando un coche por la carretera nos dio las largas. Yo no me había dado cuenta, solo Miguel, pero él no conduce y no sabe el significado de dar las largas.
Total que era Jon. Se dio la vuelta y nos explicó que nos había dejado las llaves escondidas y que él iba de vacaciones. Así que ni lugar ni chico sami. Pero nos llevamos una grata sorpresa con él. Si lo de Darius e Irma nos había resultado increíble, que nos dejaran su casa habiéndonos conocido de un rato, lo de este chico es ya tremendo. Dejarnos su casa sin ni habernos visto. Nos había dejado preparado hasta el jabón de la lavadora y todo. Así que no conocimos el lugar de intercambio de los samis, ni pudimos entablar mucha conversación con ninguno de ellos, pero nos enseñaron su espíritu y su manera de ser. Gracias.
Ya quedaba tan poco para llegar a Cabo Norte… No nos podíamos rendir. Seguíamos con la rueda remendada y sin atisbos de encontrar solución, así que la íbamos arreglando cada vez que se pinchaba, a veces incluso hasta tres veces al día. A ratos era muy desesperante, pero estábamos tan cerca… No podíamos abandonar. Y tampoco teníamos mejores opciones, allí, en medio de la nada. Al final también di con cómo usar la bomba, ya más calmados. Y menos mal, que ya llevaba unos cuantos parches la cámara. Además, el pueblo más cercano, cada vez estaba a más distancia. Resulta que es una bomba doble que sirve para válvulas gruesas y finas. Yo la tenía en el modo para válvulas gruesas y las de estas ruedas son finas y no atinaba a cambiarlo, hasta que por fin caí.
Entre tanto me volví a encontrar otro cuerno de reno. Si ya es difícil encontrar uno, volví a ver otro al lado de la cuneta. ¡Qué suerte la mía! También otro día que íbamos entre el fiordo y el mar por la única y tortuosa (por la de vueltas que da y los túneles) carretera que lleva a Cabo Norte, de repente vimos en el mar ballenas pequeñas o algún tipo de animal parecido. No los sé distinguir, aparte de que estábamos a cierta distancia. También en uno de los múltiples pinchazos de Miguel, que justo fue ese mismo día, paramos en una playa y había conchas enormes de cangrejo, que también me agencié a mi equipaje, que cada vez tenía más extras. Allí todo era tan… diferente. Y yo que me asombro con cualquier cosa…
Miguel también se iba haciendo con piedras para el equipaje. No es de broma, es cierto. Es que la pizarra de allí era especialmente bonita y encontramos una con forma de fiordo… Menos mal que nuestro espacio era reducido sino habíamos desmantelado más de un país…
Miguel también se iba haciendo con piedras para el equipaje. No es de broma, es cierto. Es que la pizarra de allí era especialmente bonita y encontramos una con forma de fiordo… Menos mal que nuestro espacio era reducido sino habíamos desmantelado más de un país…
Estábamos viviendo el día de 24 horas. De repente perdíamos el sentido del tiempo: entre que las carreteras discurrían entre el fiordo y el mar y no había muchos sitios donde parar nos daban las tantas en la carretera hasta que parábamos. Podíamos ver el sol bajar detrás de un fiordo y al poco volver a subir. Era una sensación mágica y en Cabo Norte podríamos verlo tocar el horizonte del mar y subir. Hasta habíamos conseguido batir nuestro propio récord, llegando un día a pedalear 143 kms. Ese día tan largo buscando sitio para acampar, estábamos mirando un pequeño terreno entre la carretera y el fiordo, cuando Miguel vio un reno, blanco, precioso. El reno salió corriendo espantado de él y el pobre se topó de frente conmigo, que estaba un poco más adelante. Vaya susto llevaba. Pero fue el día que más cerca vimos un reno.
Estábamos emocionados, habíamos conseguido llegar hasta la entrada del túnel que une, bajo el mar, Noruega con la isla donde se encuentra Cabo Norte. Entramos a ‘la boca del lobo’ sin pensarlo demasiado.
La rueda de Miguel seguía de aquella manera. Habíamos oído hablar mucho sobre ese famoso túnel, pero nunca nos podríamos haber imaginado qué suponía cruzarlo. La carretera, como las que veníamos transitando y todos los pequeños túneles que ya habíamos atravesado, no tenían arcenes ni carriles ni pizca de seguridad ni nada de nada. Los coches, caravanas, autobuses y camiones pasaban veloces (comparados a nuestra velocidad) casi rozándonos. El túnel eran unos siete kilómetros bajo el mar. Pronto empezó una pendiente muy pronunciada. Había una humedad muy alta que la sentías dentro de los huesos. Apenas había luz y no veía el contador del cuentakilómetros, pero creo que nunca habíamos ido tan rápido, con todo el suelo mojado y los frenos tan apretados, que nos dolían las manos de frenar. Tuvimos suerte de que no pasaron excesivos vehículos mientras lo recorríamos, pero cada vez que se acercaba un coche era como si te persiguiera la muerte detrás de los talones. Ni te quiero contar la única vez que nos adelantó un camión, fue parecido al fin del mundo. Qué ruido aterrador que se iba acercando y aumentando poco a poco… ¡Era agonizante!
Algo después de la mitad del túnel la cuesta abajo acabó y comenzó la cuesta arriba. Empezó fácil, pues llevábamos bastante inercia de la cuesta abajo y el primer tramo se hizo sencillo. Pero se empezó a acabar la inercia y se empezó a empinar cada vez más la cuesta. Al menos había algunos huecos de las salidas de emergencia, donde te podías apartar a descansar un poco. Pero se hizo eterno. En una de estas también me caí, menos mal que justo no venían coches en ese momento. No me hice mucho daño, ni tiempo que tuve de pensarlo, aunque entre el barrillo que había formado y el agua me puse fina. Pero en esos momentos lo que más me preocupaba era salir cuanto antes de allí. Por fin, vimos la luz al final del túnel y nunca me alegré tanto. Según salimos nos paramos. Hicimos unas cuantas fotos de nuestra hazaña, Miguel tirado en el suelo en medio de la carretera, delante del túnel.
La rueda aguantó. Ahora sólo había un pensamiento que rondaba nuestras cabezas. Para salir en bici de la isla hay que volver a cruzar el túnel. Decidimos que con una vez era suficiente en la vida, además de la rueda pinchada de Miguel. Así que nuestra mejor opción era coger el famoso barco-crucero del correo y probar suerte con la rueda de Miguel a ver si por fin la encontrábamos en las islas Lofoten y así podríamos visitarlas ya tranquilamente.
La rueda aguantó. Ahora sólo había un pensamiento que rondaba nuestras cabezas. Para salir en bici de la isla hay que volver a cruzar el túnel. Decidimos que con una vez era suficiente en la vida, además de la rueda pinchada de Miguel. Así que nuestra mejor opción era coger el famoso barco-crucero del correo y probar suerte con la rueda de Miguel a ver si por fin la encontrábamos en las islas Lofoten y así podríamos visitarlas ya tranquilamente.
Por fin habíamos llegado a Honningsvag, nuestra última parada antes de Cabo Norte, ¡y con la rueda reventada y todo! Un día más y además habríamos visto al sol bajar y subir en el horizonte…
Comenzamos el día con unas ganas tremendas, pero lo cierto es que el camino hasta el cabo es bastante duro. Varias subidas y bajadas antes del objetivo, expuesto a las inclemencias meteorológicas porque ya no había ni árboles enanos, nada de nada donde resguardarse. En el último tramo ya nos habíamos acostumbrado a cruzarnos con bastantes ciclistas y otros turistas y se nos hacía más llevadero a pesar de las adversidades. Además, Miguel me recordaba la experiencia de nuestro primer anfitrión en Alemania, Ludger, que había conseguido llegar a Cabo Norte en una bici de paseo. ¿No íbamos a poder nosotros con superbicicletas de viaje? En uno de los miradores de la ruta habíamos conocido a una pareja, Raúl y Carmen, que también iban sobre dos ruedas, pero en su caso de moto y nos habían dado ánimos. Creo que es el primer sitio donde sentíamos un poco de solidaridad y donde la gente se paraba a hablar contigo en los miradores.
De repente, se vio un edificio al fondo y una gran cuesta que acababa en él. Pasamos la típica señal que indica el nombre del lugar con su correspondiente foto. Entramos en el edificio y vimos todas las exposiciones y vídeos que había explicando la vida allí. Habíamos visto un montón de secaderos de pescado por el camino y es que la población del norte de Noruega se dedica a la pesca y en verano secan el pescado para el invierno. La verdad que es increíble pensar que hay gente que puede vivir así. Aunque seguramente ellos piensen lo mismo de nosotros… Paradojas de la vida. Lo cierto es que el vídeo de la vida por allí me emocionó bastante. Nos dio tiempo a visitarlo todo de cabo a rabo y aunque Cabo Norte es un lugar muy turístico no parecía haber tanta gente para ver algo tan espectacular como la puesta, no puesta de sol. Conocimos un conductor de autobuses turísticos español (sí, de esos con los que te cruzas por las minicarreteras y se te congela la respiración) y nos contó su experiencia allí.
Os conté la alegría de sobrepasar la línea del círculo polar ártico, pero es que en Cabo Norte, por primera vez en mi vida sentí lo que es la magia. No se puede explicar. Es como este viaje. Te lo puedo ir narrando, pero nada es comparable a vivirlo. El día 17 de julio de 2017 conseguimos un hito y eso ya está en nuestros corazones para siempre.
Poco antes de las 00:00 el mirador se empezó a llenar de gente. Allí conocimos a otro cicloturista checo, Damir con el que estuvimos conversando. Nos contó que él vino por Noruega a través de los fiordos. Nos fascinaba, que su bici, que llevaba cargada hasta las trancas siguiera de una pieza. También se le veía emocionado. Y no es para menos. Nos hicimos las correspondientes fotos.
También apareció la pareja de motoristas con otro motorista más, Íker. Él se volvía a España y llegaría a casa en diez días. Nosotros habíamos tardado dos meses y medio en llegar hasta allí y lo que nos quedaba hasta llegar a casa. ¡Qué viajes tan diferentes! A él también le hubiera encantado disponer de más tiempo, pero tenía los días contados de vacaciones. Nos dimos cuenta lo rápido que se podía llegar tan lejos con una moto, pero entonces habríamos perdido tantas experiencias que solo se pueden vivir como nosotros lo habíamos hecho, sin prisas y con predisposición.
Todos los allí presentes estábamos expectantes por ver el sol tocar el mar y subir, pero empezó a nublarse, no pintaba demasiado bien… Supongo que hay bastante pocos afortunados que llegan y pueden ver el sol. No olvidemos que estamos en el norte de Noruega. Menos mal que en la exposición tienen una foto timelapse gigante que demuestra que es verídico. Damir se iba a quedar acampado para verlo otro día, como hace mucha gente, pero nosotros teníamos el barco para abandonar la isla esa misma madrugada a las 5:40.
Finalmente, algo conseguimos ver entre las nubes. Y con esa sensación mágica partimos hacia Honningsvag de vuelta para coger el barco rumbo Lofoten y con parada en la ciudad más importante del norte de Noruega, Tromso. Debíamos darnos prisa, que aunque teníamos vía libre apenas sin tráfico, y la vuelta tenía más descenso que ascenso, no podíamos perder el barco. Además podía pinchar la rueda o surgir algún imprevisto de camino. La verdad que no habíamos pensado mucho en esos detalles, pero por suerte la rueda aguantó. El inconveniente fue que vino una gran tormenta. Cuando quisimos darnos cuenta llovía a cántaros y estábamos calados hasta los huesos, pero no podíamos parar, no había tiempo que perder. Entre la velocidad y la ‘noche’, el frío se notaba.
Finalmente llegamos al puerto de Honningsvag. Aún quedaba un rato para que llegase el barco y justo había recibido un sms diciendo que el barco se retrasaba. Tenía muchísimo frío y ningún sitio donde meternos. Todavía llovía. Estábamos resguardados bajo unos soportales. Creo que estaba en principio de hipotermia. Me puse a quitarme toda la ropa. Me costaba moverme. Miguel fue a mirar si había algo por allí donde refugiarse y de repente vino corriendo. Había encontrado un baño, que suponemos que era para los pescadores. Estaba abierto. Y lo mejor de todo es que tenía calefacción radiante desde el suelo. Una vez más salvados. Allí nos quedamos los dos, entrando en calor poco a poco, ya con ropa completamente seca.
Cuando se iba a hacer la hora fuimos al puerto y esta vez vimos que había también una pequeña sala de espera, aunque allí no hacía tanto calorcito como en aquel baño. ¡Nunca pensé que un baño me fuera a salvar la vida! Pero la verdad no sé muy bien qué hubiera sido de mí si no lo hubiéramos encontrado… No sé si hubiera preferido cruzar el túnel otra vez.
Y por fin a las 6:30 llegó nuestro barco, con el que saldríamos al fin de aquel infierno particular. Con él, nos empezaríamos a alejar, poco a poco, del punto más septentrional de Europa, de un mito, de una hazaña, pero aún nos queda viaje, aún nos queda país y !aún tenemos que encontrar la rueda de Miguel!
Y por fin a las 6:30 llegó nuestro barco, con el que saldríamos al fin de aquel infierno particular. Con él, nos empezaríamos a alejar, poco a poco, del punto más septentrional de Europa, de un mito, de una hazaña, pero aún nos queda viaje, aún nos queda país y !aún tenemos que encontrar la rueda de Miguel!
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