Sur de Noruega

Volvimos a Noruega de la forma que más nos gusta, entre bosques y refugios. 


Habíamos pasado dos días tranquilamente en un refugio, en medio de un bosque, cerca de Magnor, poco después de pasar la frontera.
Al día siguiente paramos en la biblioteca de Skotterud a recargar dispositivos y estuvimos ojeando algunos libros de plantas y setas. Y también uno de tejer, que por allí es muy común y a la amiga, a la que nos dirigíamos a visitar, le gusta mucho. A la salida descubrimos que la rueda nueva de Miguel había pinchado. Esta vez no parecía tan grave, así que fuimos a una tienda de deportes del pueblo, llamada X-Way, a por una cámara y resultó que el propietario nos regaló la cámara y nos reparó él mismo el pinchazo. Nos dijo que tenían poca presión las ruedas y nos las dejó a punto. Se portó genial con nosotros. Me pregunto si sería noruego… Nos dejó su tarjeta con su teléfono, por si nos surgía cualquier problema, llamarle. Parece que el sur es diferente del norte de Noruega.
Por esta zona todos los refugios estaban en bosques o parques naturales, al lado de algún río, pero todos perdidos de cualquier atisbo de civilización, y a veces, con un acceso algo complicado para las bicis.

Justo el día antes de llegar a la capital, Oslo, encontramos un refugio tipi. Resulta que tuvimos que subir una cuesta monumental para llegar a él. Al llegar al alto había una cabaña tipi y una barra de bar con su zona para sentarse al aire libre. Era un negocio que organizaba eventos. Tenía también unos baños secos en la parte de atrás. Como no había nadie por allí y las noches cada vez se notaban más frías, además de que estaba abierto, decidimos dormir dentro a resguardo. Cuando era más tarde llegó el propietario. Le explicamos que en el mapa nos ponía que eso era un refugio y que solo queríamos pasar la noche y nos dijo que vale, que nos metiéramos dentro, pero que por la mañana había un evento y nos teníamos que marchar. Partiríamos mucho antes de que diese comienzo su evento, así que no había ningún problema para nadie y allí dormimos tranquilamente en la cama que nos montamos con los cojines.

Al día siguiente llegamos a Oslo. Ese día no teníamos nadie que nos acogiera, pues el anfitrión que nos recibiría el día después, esa noche daba una fiesta en su casa. Así que estuve leyendo que en los alrededores de Oslo, que es todo campo y monte, y debido a los altos precios de la capital, y ya que se permitía la acampada, mucha gente pasaba las noches por ahí, así que a la tarde buscaríamos un buen lugar de acampada.
Lo primero con lo que nos topamos nada más llegar fue con un circo que tenía camellos y vacas y había gente mirando los animales. Poco después, encontramos el jardín botánico, así que, allá que nos metimos a ver qué tal era este. No tenía nada que ver con el de Tromso, pero también nos encantó. Ojeamos algunos libros de plantas y observamos toda la diversidad que poseían. En este, había invernaderos con la típica victoria y plantas carnívoras. También había zona de parques y juegos para niños, donde podían interactuar y aprender. Había también algunas esculturas chulísimas de animales hechas con ramas de sauce. Eran como cestería con forma de animal, muy curiosas.

A la tarde fuimos en busca de lugar para acampar. Nos dirigimos hacia el sureste de la ciudad y según se acabaron las casas comenzó un enorme parque, que estaba lleno de gente, ya que era sábado. En la zona más cercana a la ciudad había señales que prohibían acampar, pero más adelante, encontramos un lago con unas vistas increíbles, donde decidimos quedarnos a pasar la noche. La mejor zona, ya la habían cogido un grupo de amigos, que también estaban acampando, así que nos quedamos cerca, disfrutando de las vistas del lago. 

A la mañana siguiente volvimos a la ciudad, continuando nuestra visita. Fuimos a la oficina de turismo y estuvimos viendo toda la zona cercana. Vimos el museo de defensa, que tenía un montón de instrumentos antiguos entre otras cosas. A la salida había un grupo de chavales haciendo juegos de estos frikis. Continuamos nuestra visita por la fortaleza, donde había unos soldados muy graciosos. La verdad que esa zona estaba muy bonita. En cuanto te ponías un poco en alto, había unas vistas magníficas de Oslo, con grandes extensiones verdes.
A la tarde seguimos camino a casa de Morten, y volvimos a ver gente que tiene unos esquís de verano con ruedas y van practicando por los carriles bici. Nunca habíamos visto nada parecido. Vaya afición por el esquí. Además llevan los bastones y todo. Y no veas que velocidades cogen…
Al fin, llegamos a casa de Morten, que vive a las afueras de Oslo hacia el oeste, en Hovik Verk. Morten es un hombre jubilado que ha sido presidente de la Asociación Ciclista Noruega y de la Federación Europea de Ciclistas. Vive solo en un dúplex muy moderno. Cenamos en su terraza, una vez más, rico salmón noruego. ¡Cocina la mar de bien! Tuvimos una cena muy amena, con su conversación, y relajada. Nos puso música de fondo, muy agradable.
A la mañana siguiente, cuando nos levantamos, ya no estaba en casa, y nos fijamos que tenía infinidad de cosas valiosas. A veces pensamos cómo te puedes fiar tanto de alguien sin apenas conocerlo. Aunque ya sabemos que hay cosas infinitamente más valiosas que cualquier objeto y por supuesto, que el dinero.
Volvimos a la ciudad y esta vez, estuvimos visitando la península Bygdoy, donde se encuentra el Museo del Pueblo Noruego, que es una típica iglesia antigua vikinga. Era supercaro entrar allí, así que continuamos nuestra visita por el parque Frogner. 

Allí nos encontramos una estampa preciosa. A pesar del mal tiempo, había una excursión con niños pequeños, que iban todos muy bien preparados con su ropa y calzado de lluvia y un chaleco reflectante. Disfrutamos de todas las esculturas, fuentes y plantas del parque. En otro parque volvimos a encontrar las esculturas de ramas de sauce, esta vez transformadas en hoteles de insectos.

En esta ciudad cuidan muy bien la flora y la fauna. 
Nos fuimos a la estación de tren, para ir hasta Bergen, ya que ya habíamos entrado en el mes de Septiembre y además atravesar todos los fiordos era una auténtica locura. Mario, el chico con el que nos cruzamos en Riga, nos dijo que él se dirigía a Cabo Norte, pero al atravesar toda la parte sur de Noruega se reventó y decidió volver.
Nos metimos al tren con muy buenas sensaciones, encantados de haber podido disfrutar de la capital Noruega. Nos parecía increíble haber disfrutado tanto en una ciudad, pero nos pareció tranquila y tenía tantos parques y zonas verdes donde refugiarte, que apenas notamos la inmensidad de la urbe donde estuvimos metidos. Lo más complicado era encontrar un lugar para hacer pis que no costase bastante dinero. Allí era muy normal que todos los baños fueran de pago y había multas cuantiosas si orinas en la calle.
El viaje en tren fue tranquilo. Era de noche y nos dieron un kit de manta y almohada inflable para dormir. 

A la mañana siguiente temprano, llegamos a Bergen. Quedamos con nuestra amiga Mónica en la oficina de turismo, en el centro de la ciudad. Mónica venía de trabajar, ya que trabajaba de noche, así que nos llevó a dejar las cosas en su casa y salimos a visitar la ciudad para que ella pudiera dormir tranquila. Aunque ya sabíamos que tenía una sorpresa preparada para nosotros. Nos había tejido a mí, unos calcetines y a Miguel, un gorro con motivos de bicis. Nos encantó el regalito. Nosotros le trajimos chocolate, que en Noruega es un bien casi de lujo y es bastante caro.
Mónica es una amiga de la universidad. Ya desde entonces, le fascinaba Noruega y estudiaba noruego en la escuela de idiomas, soñando algún día, poder ir a vivir allí. Vivía en un pequeño apartamento abuhardillado. Es bastante pequeño, pero es lo que ella se podía permitir y la verdad que estaba muy chulo.
La ciudad de Bergen es tranquila y está ubicada en un fiordo por la montaña. El centro tiene las típicas casas noruegas de madera con callejuelas estrechas, alrededor del puerto. Tampoco tiene demasiado que ver, es una ciudad muy tranquila.

Al día siguiente, nos preparó una sorpresa junto con su novio, Oyvind. Él trabaja en el buque escuela de Bergen, un barco de los antiguos, de la Primera Guerra Mundial. Fue construido en Alemania en 1914. Ahora se dedican a formar a los jóvenes que hacen la mili en la marina, a turistas que tienen interés en aprender a navegar, a pasear a turistas por los fiordos y también hacen bodas y otros eventos. Un poco de todo.
Pues resulta, que su padre tiene un velero, y nos sacó a pasear por las islas cercanas a Bergen. Yo les dije mis problemas de mareos en barcos pequeños y me contaron algunos trucos. Mónica me dejó unas pulseras, que ella usaba al principio, que te aprietan en un punto de la muñeca y se te pasa. Oyvind me dijo que mirase al horizonte para no marearme.

Por el camino, nos estuvo explicando cómo funcionan las velas contra el viento. La verdad es que es muy interesante, aunque yo ya tenía decidido que el mar no es lo mío…
El barco, a pesar de ser bastante pequeño, tenía camarote con de todo. Tenía una cocina, baño, cama, armarios, de todo. Es bastante sorprendente viendo la cubierta, que debajo quepan tantas cosas.
Estuvo divertido, ir a hacer barbacoa a una isla desierta de por allí. Como el tiempo no era muy allá y la madera estaba mojada, Oyvind usó combustible para hacer el fuego. Y nosotros que lo hacíamos con un trozo de corteza de abedul… Lo más divertido llegó cuando Miguel se dio cuenta de que no había metido la tarjeta de memoria en la cámara. Así que, después de hacer un montón de fotos, ninguna estaba guardada. Suerte que Mónica nos las hizo con el móvil y podemos tener el recuerdo. Fue una experiencia muy chula, que les agradecemos un montón.
Al día siguiente, llegaron mi madre y mi hermano. Estaba nerviosa por que llegasen bien. Tenían que cambiar de avión en Londres y además desde el aeropuerto tenían que coger tren y barco. Nosotros partimos por la mañana con las bicis porque íbamos a pasar varios días en casa de Geir, nuestra última parada del viaje. 
Geir les recogía en coche y nosotros llegamos un poco más tarde con la bici. Geir era un hombre, que vivía solo en la isla de Toftaroyna. Tenía una casa de dos pisos. La planta de abajo la usaba él y la de arriba la usaba para alojar gente. Cuando llegamos había otra chica en nuestra planta, Blandine. Le estuvimos ayudando sobre todo con el jardín. Le podamos unos arbustos y Miguel estuvo moviendo tierra de unas partes a otras.
Geir era un poco raro, se comunicaba con nosotros a través de Facebook, ya sabéis, las maneras extrañas de comunicación de los noruegos… Y por Facebook, quedábamos algún día para hablar a las 6 de la tarde en el jardín. Uno de los días nos sacó en su barco a ver las islas. 

Casi todos los días llovía y este no fue menos. Conducía con el pie mientras miraba por encima del barco. Lo mejor fue que al llegar a una cala de una isla, de repente, encalló. La verdad que no sabíamos si reír o llorar... Al final, el hombre se lanzó al agua y lo desencalló. Subimos a la isla. Quería que nos bañáramos en esa cala, pero es que estaba lloviendo. El hombre se consideraba nudista y pretendía que nos bañásemos todos allí o yo qué sé. Total que ninguno quiso y se medio enfadó y nos llevó de vuelta a la casa. En fin, con él, era todo una aventura.
Miguel se quedó con mi hermano una semana y mi madre y yo nos fuimos a los tres días. Mi madre cogió el autobús a Bergen y yo fui en bicicleta. Era la primera vez en todo el viaje que me separaba de Miguel. Se me hacía extraño. Pero era por una gran causa. El sueño de mi madre era ver los fiordos noruegos y como coincidía con mi cumpleaños y llevaba unos meses sin verla, pasamos varios días juntas. Alquilamos un coche y fuimos a ver uno de los fiordos de la zona de Bergen. 
Cuando nos dirigíamos a casa de Mónica desde la estación, paramos a comprar algo para comer y mientras comíamos se me acercó un hombre. Me estuvo preguntando por la bici y el viaje. Me dijo que cómo iba a haber llegado yo hasta allí si no tenía físico para realizar un viaje tan largo y además llevaba demasiado peso en la bici. Yo pasé de él, porque me daba lo mismo su opinión, pero vamos, para un Noruego que habla, mejor que se hubiese quedado callado como los demás. Eso sí, sincero era un rato. También me dijo que dejase a mi novio y me echase uno noruego, que son ricos… Sin más comentarios.
Cuando llegamos a por el coche, que era un Renault Megane, resultó que tenía una rueda pinchada, así que como no tenían otro de la gama que había contratado me dejaron un Volvo. Yo flipando. Me daba cosa hasta salir de allí. Nunca había conducido un coche demasiado caro y aunque se me da bien conducir, me daba cosa estropearlo. Pero al rato, me hice al coche y se me pasó. ¡Menuda gozada conducir ese coche!
Fuimos dirección al fiordo de Sogn, al norte de Bergen. Me hice una ruta con las cosas que tenía que ver el fiordo, que saqué de la información que había recabado en Bergen.

En Oslo habíamos descubierto que los noruegos también tienen sus iglesias de madera antiguas y por el sur había bastantes que visitar, aparte de increíbles miradores, cascadas, glaciares, naturaleza… Estas iglesias son aún más antiguas que las que veíamos por Suecia, pero para mi gusto, las suecas eran más impresionantes, aunque eran muy diferentes. Pero estas eran mucho más antiguas, de la Edad Media. Entre los siglos XII y XIII, los vikingos construyeron gran número de estas iglesias, que también son de color negro. Supongo que también quemaban la madera.
¡Que diferente se hacía viajar en coche! Qué rapidez con la que llegaba a los sitios. Todo me parecía estar la mar de cerca.
Con lo que sí que me sorprendí fue con las carreteras. Eran igual que las del norte, sin carriles, estrechas, muchas veces entre el fiordo y el agua, o de montaña. Pero lo más sorprendente es que había peajes por casi todas partes, para usarlas. 
A la semana, volvimos por Bergen para recoger a Miguel y a mi hermano que habían pasado un par de días con Mónica. Justo se celebraba allí el campeonato mundial de bici y cortaron la ciudad para ello, así que tuvimos que esperar que acabaran las carreras para poder salir. No nos lo creíamos, que toda la parte donde vivía nuestra amiga había quedado incomunicada por eso. 

Estuvimos visitando Bergen entre tanto y cuando ya abrieron pusimos rumbo al fiordo de Hardanger, al sur de Bergen, esta vez los cuatro. Nuestras bicis se habían quedado a recaudo en la casa de Mónica.
A la vuelta dejamos el coche y acompañamos a mi familia al aeropuerto. Les metimos todo lo que pudimos de las cosas que habíamos ido acumulando durante el viaje y aligeramos pesos. Cuando ya marcharon volvimos a casa de Mónica. Pobre mía, que la íbamos invadiendo por tandas su pequeña casa.
Ese mismo día teníamos nosotros también el barco a Dinamarca y ya por fin, la dejábamos solita. La sorpresa llegó cuando fui a buscar las llaves de mi bicicleta y no aparecían por ningún lado. Tras un rato volviéndonos locos me di cuenta que las había metido en una mochila del equipaje de mi madre, que había usado los días de visita a los fiordos. No tengo ni idea por qué se me ocurrió meterlas ahí, lo cierto es que no tenía otras llaves. Llamé a mi madre que estaba a punto de embarcar y quedamos en que se las dejaba a una azafata y luego nos pasábamos nosotros a recogerlas al mostrador de su compañía.
Menos mal que el avión y el barco, más o menos, salían a la misma hora, porque si me hubiese dado cuenta más tarde, la que habría liado. Total, que el barco de ese día lo perdimos. Para el día siguiente era muy caro y cogimos ticket para dos días después.
Fuimos al aeropuerto a por las llaves. Llegamos al mostrador de la compañía y les explicamos la situación. No sabían nada de ninguna llave. Nos mandaron a objetos perdidos. Estuvieron buscando y tampoco y nos mandaban al mostrador de la compañía, de donde veníamos. ¿Cómo podía ser que no apareciese la llave? Pasamos toda la tarde allí y no aparecieron las dichosas llaves por ningún lado. Yo me estaba poniendo muy nerviosa. Menos mal que el barco del siguiente día era tan caro y lo habíamos cogido un día después, porque no me hubiera hecho ninguna gracia perderlo otra vez. Este era casi más caro que el barco del correo.
Al día siguiente volvimos al aeropuerto y por fin, ya estaban las llaves en objetos perdidos. Un día entero para dejar las llaves. Con lo fácil que habría sido llevarlas en un momento. Pero lo bueno, es que ya, volvíamos a poder abandonar Noruega. Ninguna de las dos veces nos lo puso fácil. Desde luego que los barcos noruegos no son lo nuestro.
Cuando llegó la hora de ir al barco, nos acompañaron al puerto mi amiga y su novio, para asegurarse de que esta vez, nos marchábamos ya de allí, que ya estaba bien, ¡hombre!

Conclusiones

La vuelta a Noruega volvió a empezar bien y volvió a acabar no tan bien.
Esta vez, pudimos ver los fiordos desde tierra, volver a montar en diferentes tipos de barcos y visitar la capital y la siguiente ciudad más importante de la zona sur, Bergen.
Descubrimos su riqueza cultural en las iglesias vikingas.
Por una vez, nos sentimos bien en una gran ciudad. Sorprendentemente, y en contra de la mayoría de opiniones, a nosotros nos gustó más Oslo que Estocolmo, no sé si por las circunstancias en las que llegábamos a cada ciudad, aunque yo creo que es más porque Oslo es muy verde, cosa que en Estocolmo apenas se veía.
La cultura de los noruegos si en el norte nos parecía extraña, en el sur no mejoró mucho más.
Así que, de los países nórdicos, nos quedamos de preferido con Suecia en cuanto a carácter. Aunque si lo valoramos en cuanto a paisajes y monumentos, quedan bastante empatados Suecia y Noruega. De Finlandia, lo que más nos gustó fue su capital, pero no tanto como Oslo y todas las cabañas de Laponia. 
Con los países nórdicos pasa como con los bálticos, según vas avanzando por ellos, vas descubriendo que aunque se engloban en lo mismo, no tienen nada que ver uno con los otros.
En un principio, habíamos planeado nuestro viaje solo hasta aquí, pero la forma de volver a casa había quedado sin decisión hasta el final. Y lo que decidimos fue volver en bicicleta, esta vez, bajando por Dinamarca, Alemania, cruzando la pequeña Luxemburgo, que me hacía especial ilusión, atravesando Francia, y pasando a España por Irún, con destino final en Saldaña.
¡Seguimos la aventura de vuelta a casa!

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