Suecia: camino a la capital
Abandonábamos Noruega y alcanzábamos la frontera de nuestro nuevo país de destino después de todo un señor puerto.
Lo bueno de tanto subir es que cada vez teníamos mejores vistas. Llegamos a la frontera por la tarde así que pronto empezamos a buscar sitio para acampar. Esa zona estaba llena de humedales y de mosquitos. En Noruega nos habíamos despedido de ellos, pero esto volvía a parecer Finlandia. Las carreteras subían y bajaban, pero lo bueno fue que los mosquitos fueron desapareciendo poco a poco. Menos mal, bastante habíamos sufrido ya con los insectos en Finlandia… Aunque los paisajes de Suecia nos iban gustando mucho. Había bastante diversidad de plantas y se veían también bastantes pájaros y ya habíamos encontrado algunas setas enormes.
Lo que también nos sorprendió es que las señales de la carretera eran de los colores de la bandera sueca, azul y amarillo. Si hay algo que caracteriza a los nórdicos es su patriotismo, ponen sus banderas en cada lugar que pueden.
Y lo que encontramos, que hasta ahora no habíamos visto, fueron casas de madera con tejado vegetal de césped. Se mimetizaban genial con el entorno. También paramos en un merendero que tenía las mesas con este tipo de techado.
En pocos días alcanzaríamos también el siguiente mes de viaje, Agosto. Y ya iban tres meses viajando. Pero avanzábamos tranquilos, con las bicis otra vez en su ser y con la vuelta al ritmo de la bicicleta, deleitándonos de los estupendos paisajes que aparecían ante nosotros.
En el segundo día en Suecia, cayó una tormenta a mitad de la tarde, cuando ya estábamos cerca de nuestro destino. Como la habíamos visto venir, paramos bajo unos árboles y nos refugiamos mientras pasaba. Después descubrimos una casa cerrada, pero que tenía leña, así que aprovechamos para hacer un fuego y secar los sacos, que se habían mojado y los necesitábamos para dormir esa noche. Íbamos bien de tiempo hasta que nos alcanzó la tormenta. Habíamos avanzado un poco más allá de Duved, pero como no encontrábamos nada mejor y empezaba a chispear volvimos al bosque que habíamos visto antes, a resguardo de los árboles. En esa zona había algunas pistas de esquí.
Al día siguiente, nos esperaba un regalo muy especial. Llegamos al pueblo de Are, que tenía una gran estación de esquí. En la estación de tren había un centro comercial con baños con ducha, que eran de pago, pero los aprovechamos y también pudimos cargar dispositivos. Pero lo que más nos gustó de ese lugar, es que a las afueras había una fábrica de chocolate, con una tienda en la que había degustación. La verdad que en los países nórdicos, el dulce no es una cosa a la que le otorguen mucho valor, es casi un bien de lujo, así que no pudimos resistir la tentación de probar unos cuantos. Por supuesto también teníamos que comprobar si allí fabrican un chocolate de calidad… Y en efecto, no sé si por la gula o porque realmente era así, pero nos pareció el mejor chocolate del mundo.
Ese día dormimos en una playa frente al lago de Ostersund, cerca de Mjala. Por allí todo eran ríos enormes y lagos enormes. Por la mañana Miguel pensó en bañarse, pero estaba el agua helada y empezó a venir gente, así que continuamos camino y un poco antes de llegar a Ostersund, encontramos un invernadero que producía flores y algunos frutos, como fresas. Tenía un parking lleno de coches y nosotros también paramos para verlo. Resulta que daban desayunos y la gente de los pueblos cercanos iba allí a tomar café. Era un sitio muy agradable en medio de la naturaleza.
Al rato, llegamos a la primera ciudad, Ostersund. Era un día soleado y se veía mucha gente por la calle. Varios se pararon a hablar con nosotros. Nos llamó mucho la atención que la gente sonreía y parecía muy feliz. Veníamos de dos países en los que ver esta estampa no era nada sencillo. Supongo que nos habíamos acostumbrado al carácter de los nórdicos y nos sorprendió encontrar esta gran diferencia. Por la tarde, seguimos ruta y buscando un refugio en el que acampar, en Hackas, encontramos una maravilla aún mejor. Había una iglesia que parecía muy antigua. Estaba construida con madera y estaba cubierta por una piel de escamas de madera. Habíamos visto una parecida de camino, pero no tan impresionante ni antigua como esta.
Lo que empeoró fue el tiempo. Cuando nos pusimos en ruta encontramos una cicloturista que, sorprendentemente, aun usaba mapa a papel. Estaba perdida e iba en otra dirección así que le ayudamos a encontrar su camino y seguimos el nuestro. Nosotros aprovechábamos alguna estación de tren como cobijo y para recargar los dispositivos.
Tuvimos lluvia varios días seguidos, uno de los cuales acabamos acampando en un refugio frente a otro de los lagos de la zona cerca de la carretera E45, que veníamos siguiendo y ya pasado el pueblo de Ratan.
Tenía una mesa de madera y una zona para hacer fuego, además de troncos de madera para hacerlo. Estaba todo construido sobre una roca que acababa en el agua. Era un sitio bastante idílico. Además estaba rodeado de arándanos. Decidimos hacernos una mermelada con todos los arándanos que recolectamos antes de emprender ruta otra vez y la verdad que, a pesar de no haber hecho ninguna nunca, quedó muy buena. Fue una pequeña aventura de autonomía y placer, inspirada por todos los arándanos encontrados. También se acercó un vecino del lago y estuvimos hablando un rato con él. Nos contó que éramos muy afortunados de ser españoles y que allí tienen que trabajar mucho en verano para poder pasar bien el invierno. Nos contó que en esa zona vivían muchos alemanes, pero que los inviernos no los aguantaban muy bien.
Esa noche encontramos un montón de ciruelas maduras en los cubos del supermercado, así que como nos habíamos divertido tanto haciendo la mermelada de arándanos, decidimos hacerlas en mermelada también. Cuando estábamos en ruta, encontramos un museo al aire libre con los diferentes tipos de refugios. Habíamos acampado ya en casi todos, pero la verdad es que estaba interesante aprender más. En el museo podías ver las técnicas de construcción en algunos casos. Después seguimos rumbo a Ljusdal, donde Anders nos acogía si colaborábamos con él para un artículo que haría para un periódico local. Él se dedica a correr maratones por el ancho mundo y además, es reportero freelance. Nos pareció buena idea. Cuando estábamos llegando, de repente había un señor en el otro lado de la carretera haciéndonos fotos. Era Anders, que había ido hasta allí para hacernos unas fotos para ilustrar su artículo. Una vez más nos sentimos como famosos.
Nos llevó hasta la casa de su amiga Christine, que vive con sus dos hijos, ya que él no tiene espacio en la suya para nosotros. Nos dejaron una sala de juegos, y habitación de invitados que estaba fuera de la casa. Nos pidió unas pizzas y nos estuvo haciendo la entrevista mientras comíamos. El artículo trataba de las aplicaciones en las que solicitas el alojamiento y de nuestro viaje y nos prometió que nos mandaría el periódico para que lo viésemos.
Al día siguiente visitamos un poco el pueblo, donde descubrimos otra de las iglesias antiguas de madera. Las casas también eran de madera, parecidas a las del sur de Finlandia, pero con otro toque. Es bastante bonito.
Continuamos hacia Bollnas por la carretera que transcurre al lado del río, un camino muy tranquilo. Allí nos esperaban para cenar Erik y Maria, con unos amigos suyos colombianos, Jaime y Linda. Estuvimos hablando de la vida allí, de cómo les habían ayudado a integrarse sus amigos, un poco de todo.
Erik y Maria viven en una granja magnífica, con un gran invernadero en medio, donde Maria cultivaba un poco de todo. Erik había sido granjero toda su vida, pero ahora solo tenía dos vacas, que apenas le requerían tiempo y esfuerzo, y se dedicaba a la tala de bosques. Nos explicó que en su país no hacen como en Finlandia, que talan grandes extensiones, sino que ellos van seleccionando los árboles que deben talar y lo que hacen es aclarar el bosque. Es cierto que allí se escuchaba siempre el canto de los pájaros. También nos explicó que las iglesias de madera tradicionales que nos fascinaban las habían construido los finlandeses en el siglo XIX, que eran muy famosos por su habilidad con la madera y fueron llamados por los suecos para que las construyeran. Nos explicó que se conservaban tan bien porque quemaban la madera para que el agua no le afectase, por eso eran de color negro.
Por la mañana cuando nos levantamos, llovía a cántaros. Estuvimos mirando el tiempo y no parecía que fuese a parar. Les pedimos quedarnos una noche más si no les importaba porque con ese tiempo íbamos a acabar empapados. Les pareció bien. Nos dijeron que no era para nada normal que lloviese así en verano. Y por la tarde nos llevaron a otro de los sitios por los que también les habíamos preguntado, ya que desde que habíamos entrado al país no hacíamos nada más que ver carteles con la palabra loppis y nos preguntábamos a dónde llevaban. Resultó ser que te dirigían a tiendas de antigüedades y cosas de segunda mano, donde la gente vendía cosas de lo más variopintas.
A la vuelta les ayudamos a recubrir de aislante el antiguo granero, que habían convertido en carpintería y a lijar unas ventanas. Miguel fue con Maria al bosque a por unas setas chantarela y así descubrimos el oro de los bosques suecos. Ya nos habíamos encontrado muchas setas en los bosques, que no cogíamos por desconocimiento, pero esta era nueva para nosotros. Gracias a Maria, ya teníamos otra fuente de alimento del bosque.
Mientras comíamos hablamos de nuestro viaje y nos contaron que ellos estaban planificando también hacer uno por Sicilia. Les dejamos las bicis para que las probaran a ver qué les parecía y les contamos todo lo que pensamos que les podría ser de ayuda. Nos dijeron que éramos una gran inspiración para ellos y que agradecían nuestra presencia. Así que nos inyectaron un gran subidón para seguir adelante. Cada vez nos sorprendía más que apenas habíamos hablado del viaje con nuestros amigos y con gente que no conocíamos de nada, conseguíamos conectar muchísimo. Aunque sabíamos que esos momentos son pasajeros y que probablemente no volvamos a hablar con ellos, es increíble lo que te pueden aportar y lo bien que te sientes cuando ves que también dejas parte de ti en ellos.
Aún llovía, pero mucho más suave que el día anterior y decidimos partir. Nos habían recomendado unas granjas de alpacas, pero como pronto acabamos calados, seguimos avanzando en busca de algún refugio donde acampar. En el camino tuvimos que dar también un buen rodeo, pues la carretera por la que circulábamos estaba cortada por inundación. No me extraña, después de los días que llevábamos de lluvia, el río bajaba hasta los topes. Acampamos en un refugio aunque no pudimos hacer fuego porque estaba toda la madera mojada.
Al día siguiente avanzamos hasta entrar en un parque nacional y en él encontramos el refugio más grande que habíamos visto hasta la fecha, cerca de Gysinge. Tenía hasta acceso para minusválidos. Una pasada. Además estaba ubicado muy cerca del río, era un paraje precioso. Aprovechamos las barbacoas para cocinar y secar todo lo que teníamos mojado.
Continuamos ruta y por el camino empezamos a descubrir la gran riqueza de Suecia: sus bosques. Resulta que estaban llenos de setas y arándanos. Además ya conocíamos una variedad de setas comestibles que no tenían lugar a confusión. Íbamos por una pequeña carretera cuando encontramos oro: las setas chantarelas son amarillas y allí las llaman el oro del bosque. Y la verdad que están buenísimas. Miguel las había cogido con Maria y habíamos aprendido a distinguirlas. Ya sabíamos diferentes alimentos que nos proporciona el bosque.
¡Menuda diferencia de los bosques finlandeses! En aquellos solo obtuve reliquias muertas, como los cuernos de reno, y hongos que matan a los árboles, como el chaga. Pero los bosques suecos son vida. Estábamos completamente enamorados ya de ellos.
Continuamos camino, provistos de nuestra nueva comida. Paramos en un supermercado a comprar y ¡por primera vez en el viaje nos robaron! Resulta que había dejado mi bolsa de setas encima de la bicicleta y cuando salimos del supermercado nos llevamos una sorpresa. Había un cuervo robando y comiéndoselas. Salí corriendo hacia él. Llevábamos días conviviendo con ellos y son muy listos. Se apartó a los carros de la compra, como esperando que me volviera a ir para volver a coger de mis setas. ¡Pero qué descaro! Por suerte no había hecho mucho destrozo y todavía había muchas servibles.
Este día llegamos hasta Uppsala, donde nos acogía Holger. Vimos que Mario, el chico que conocimos en Riga le había dejado un comentario, por eso nos pareció buena idea alojarnos con él. Y fue todo un acierto. Es un chico majísimo. Alucinó la cantidad de setas que llevábamos y dijo que eran carísimas y que no todos se las pueden permitir en la ciudad, pero que están muy buenas. Como nos había preparado la cena se las regalamos para que no se echaran a perder y lo agradeció mucho. Total, a nosotros tampoco nos había costado nada cogerlas y él seguro que no las comía a menudo. Ya encontraríamos más en otro bosque.
Tuvimos una agradable charla con Holger, que nos enseñó también muchas cosas, entre ellas una página en la que venden comida a punto de caducar y dónde él había comprado un montón de chocolatinas. Nos dio unas cuantas para el camino.
Uppsala es una ciudad más imperial, con edificios de piedra, un castillo con cañones y una gran iglesia. Pero también tenía bastantes jardines y vegetación. Es agradable pasear por sus calles.
Pero por mucho que nos gustara, estábamos deseosos de llegar a la capital, que ya nos quedaba muy cerca...
Pero por mucho que nos gustara, estábamos deseosos de llegar a la capital, que ya nos quedaba muy cerca...

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