Los Países Bálticos: Lituania
Nos disponíamos a cerrar la tercera semana de viaje, habiendo recorrido ya dos países enteros de oeste a este y con unas sensaciones muy buenas a pesar de los pequeños contratiempos del camino.
Ese día amanecimos en Polonia, y aún nos quedaba un tramo hasta llegar a la frontera con Lituania. Nos habíamos propuesto de destino Alytus para esa jornada. Antes de salir de Polonia aprovechamos para gastarnos las últimas monedas que nos quedaban.
Casi como fugitivos de las culebras y mosquitos polacos llegamos a la frontera con Lituania.
Y allí vimos otra de las típicas escenas que nunca piensas que son reales. Resulta que el último tramo de la carretera polaca por la que ‘huíamos’ se convirtió en camino. Pero fue justo llegar a la frontera y se convertía en una estupenda carretera asfaltada y lisita en la parte lituana.
Nos paramos a hacernos las típicas fotos con la señal que indicaba el cambio de país. Estábamos contentísimos de vislumbrar esa estupenda carretera, que solo se veía hasta el final de la cuesta arriba rodeada por un magnífico bosque. Qué idílico.
Quién nos iba a decir que según encumbrábamos, la preciosa carretera terminaría junto al bosque y se convertiría en un tedioso camino lleno de baches, piedras y polvo. Y por si fuera poco era ondulante así que viajábamos en una montaña rusa continua… ¡Bienvenidos a Lituania!
Avanzábamos a duras penas por esta carretera secundaria lituana, que era de tierra, pero no sólo eso. La carretera estaba llena de surcos, y así ocurría en todo ese tipo de carreteras, lo cual supusimos que era para la época de heladas. Nos dio por reírnos y grabar vídeos, ya que en la frontera habíamos hecho uno celebrando que habíamos llegado al asfalto. La verdad es que era bastante terrible avanzar por esas carreteras. Los pocos coches que pasaban tampoco tenían cuidado ni empatía con nosotros y pasaban rápido formando una gran polvareda a nuestro alrededor. Habíamos entrado de lleno en la Lituania rural, todo a nuestro alrededor era campo y tan solo encontramos una curiosa parada de autobús por el camino. A pesar de ir a cerrar la tercera semana de mayo el sol calentaba como si el verano ya hubiera llegado.
Por suerte esa carretera terminó, pero ya nos había machacado. Paramos a comer en un pueblo donde había unos niños por la calle, que no parecían muy contentos con nuestra presencia, pero bueno, eran unos chiquillos.
Al fin llegamos a nuestro objetivo, Alytus. Qué ciudad tan diferente a lo que habíamos acostumbrado a ver. De repente, parecía que habíamos entrado en una ciudad soviética: todos los bloques de edificios era completamente igual. Menos mal que ese día no nos alojaba nadie, porque habría sido muy difícil encontrar su casa… Se nos había hecho un poco tarde y no vimos ningún buen sitio para acampar, aparte de los mosquitos y que estábamos cansadísimos y esa tarde no nos habíamos parado a merendar y reponer fuerzas. Decidimos coger una habitación en un hotel que había por el centro, porque tampoco había mucho donde elegir. En este lugar nos dejaban guardar las bicicletas dentro. La pega era que no se podía pagar con tarjeta y no llevábamos suelto.
Estábamos en esta situación. Las bicis en una sala y Miguel con una bajada de azúcar. La mujer del hotel le dio unos azucarillos y le dejé allí sentado mientras me iba a la aventura de encontrar un cajero. Fue una odisea. Sólo había dos cajeros. El primero que encontré no me servía, no pude sacar dinero. Sólo pensaba si Miguel estaría mejor. Iba todo lo más deprisa que podía entre aquéllas calles extrañas. Por fin, pude encontrar el cajero disponible y sacar el dinero. Volví y pagué. Miguel estaba algo mejor. Subimos a la habitación. Curé los tobillos de Miguel, que parecían mejorar un poco y caímos rendidos a dormir.
A la mañana siguiente estábamos completamente reparados para continuar. Compramos provisiones de dulces por si los volvíamos a necesitar y partimos rumbo a la capital del país. Por el camino un chico de Couchsurfing nos aceptó en su casa. Habíamos quedado con él en un parque de la ciudad. Las carreteras seguían siendo ondulantes, aunque en la que avanzábamos tenía un gran arcén que nos daba seguridad. El acceso a la ciudad no fue muy fácil, tuvimos que cruzar amplias carreteras, pero conseguimos llegar a las 21:00h, puntuales. Tomas nos recibió en el parque con sus amigos. Estaban jugando al frisbee, pero pararon para darnos la bienvenida y hacernos preguntas del viaje. La verdad que nos trataron muy bien y eran todos majísimos. Nos sentimos muy integrados con ellos. Al poco pusimos rumbo a la casa de Tomas, que no era muy grande. La compartía con otro chico y no tenía salón, así que dormimos con él en su habitación en el espacio que quedaba libre de suelo. Aunque nos había insistido mucho en que durmiéramos nosotros en la cama, pero la verdad que con poco nos dábamos más que por contentos. La verdad que la falta de espacio no fue ningún inconveniente, pues la compañía de este chico tan simpático, al que acabábamos de conocer, era inmejorable.
Tomas nos recomendó hacer el free tour de la ciudad y así lo hicimos. Nos tocó una chica que explicó todo muy bien y aprendimos un poco más de los lituanos. Estuvimos en la plaza donde George Bush les prometió protección, aunque fue lo mismo que hizo en Rumanía poco tiempo después. Aprendimos que la bandera de Lituania es amarilla por el sol, verde por la naturaleza y roja por la sangre derramada para su independencia. También nos sorprendió que en origen los lituanos provenían de la India y tenían su propia cultura y creencias, hasta que los cristianos les hicieron cambiar de opinión: como con las armas no funcionó, les bautizaron a cambio de regalos. Hoy su máxima religión es el baloncesto, deporte por excelencia en el país en el que Sabanas es su dios. También aprendimos a dar las gracias, que es como estornudar, ‘aciu’.
Descubrimos también que hay bastante rivalidad entre los países bálticos y que todos quieren ser el país más grande, el primero en conseguir las cosas y el mejor.
La visita pasó por el barrio independiente de la ciudad, con sus propios estatutos, pero muy turistizado a nuestro modo de ver. Aun así fue divertido leer sus estatutos, que se inventaron en un rato en un bar porque como en Copenhague tenían barrio independiente, pues en Lituania no iban a ser menos…
Tuvimos la suerte que al volver a casa de Tomas, nos había preparado el plato más típico de su país: la pink soup. ¡Y qué delicia! Nos encantó, aparte del cariño con el que estaba cocinado.
Y por si parecía poco lo que Tomas estaba haciendo por nosotros, a la noche nos llevó a unos bailes típicos lituanos, por supuesto, a los que él asistía. ¡Qué maravilla empaparnos de esa manera de su cultura!
Aunque en este caso lo peor fue para mí que Tomas y todos sus amigos me sacaban a bailar mientras Miguel se quedaba sentado y haciéndome vídeos… Pero era tan divertido. Al final los bailes tradicionales no son tan complicados y pudimos empaparnos de Lituania en tan poco tiempo.
Nosotros también le preparamos nuestra super tortilla de patatas, para acercarle un poco España y agradecerle todo lo que nos había mostrado y compartido con nosotros. Tuvimos el mejor anfitrión que se podía tener.
Al día siguiente decidimos coger una vez más el tren, pues las carreteras de Lituania nos tenían fritos. De camino a la estación nos dimos cuenta de que aunque había carriles bici y algunos pocos los utilizaban, los peatones no los respetaban apenas. Bajamos en Kaunas y de allí seguimos nuestro viaje rumbo a la Lituania rural.
Llegamos a una granja increíble donde nos esperaban las hermanas y los padres del chico al que habíamos contactado. Una de sus hermanas nos deleitó con el piano y ambas, Victoria y Erika, nos fueron a enseñar su casa de verano, donde iban con los amigos y que tenía una piscina natural construida por su padre. Al volver a la casa la mamá, Daiva, aunque no hablaba inglés, nos había preparado un montón de comida casera y unos postres deliciosos. Nos admiró mucho su estilo de vida, aunque Victoria nos contó que antes tenían muchos cultivos y animales y que ahora a su padre solo le ‘dejaban’ cultivar colza. Las famosas ayudas europeas con sus exigencias y el mercado que todo lo dispone. Eso nos entristeció un poco. Eran una familia muy acogedora que, aún casi sin entendernos, nos habían abierto las puertas de su casa y nos trataban con todo su cariño.
Por la mañana, nos pusimos lo antes posible en ruta, pues por la zona rural las carreteras son como la primera que encontramos en la frontera y nos lleva más tiempo recorrerlas. Al poco de salir de la casa nos despedimos del papá, que ya estaba trabajando con el tractor. El día, además, fue ventoso y algo lluvioso, así que en cuanto encontramos un buen lugar acampamos.
Al día siguiente amanecimos pronto, con la suerte de que los ciervos estaban pastando por allí, y los pudimos ver. El día era ventoso, pero algo menos que el anterior. Nos dirigíamos hacia la costa, para poder visitar su península. Debíamos coger un barco para cruzar hasta la península, ya que ésta daba comienzo en la zona rusa. Llegamos hasta un camping desde donde, supuestamente, salía el barco. Allí nos dijeron que todavía no era temporada y no había tickets aún, que si queríamos cruzar teníamos que ir a otro puerto. Esa zona era también un poco rara y el camino hacia el otro puerto, por supuesto y aun siendo una zona ‘turística’, era de arena, grava y baches y había que dar algo de vueltas. Llegamos al dichoso pueblo, donde había un pequeño puerto en el canal. Preguntamos a los lugareños para coger el barco y entre risas nos comentaron que era en el muelle de en frente del canal, que no estaba comunicado por puente, si no dando toda la vuelta por donde habíamos venido. A nosotros no nos hizo tanta gracia y por poco nos queríamos morir. Otra vez las famosas carreteras de vuelta. Además, alrededor de las carreteras estaba encharcado y no se podía acampar y nosotros cada vez estábamos más cansados. Entre la desesperación llegamos una vez más al único puente que existía para cruzar el canal. Al cruzar el puente vimos que había una caravana parada en un pequeño picnic que había abajo y decidimos parar allí, si a esa gente no le importaba.
De repente, al preguntar a la pareja de la caravana si no les importaría que acampáramos allí, el día cambió. Nos dijeron que les parecía bien y allí montamos nuestra tienda y nos pusimos a cenar en la mesa de madera que había. Mientras cenábamos salió Darius y nos ofreció vino español y nos invitó a entrar a la caravana y nos presentó a Irma. Nos intentaron ayudar mientras que nos bebíamos el vino, sólo por no hacer el feo, porque a mí no me gusta nada. La verdad que lo estaba pasando un poco mal… Pero mereció muchísimo la pena. Nos contaron que ellos viajaban en su caravana y una vez en España estaban haciendo una ruta a pie por los Pirineos y se quedaron sin agua y unos españoles les ayudaron y que ellos nos querían ayudar a nosotros. Nos ofrecieron parar en su casa de Palanga, que nos pillaba unos días después en ruta y nos dieron un spray contra los mosquitos cuando les contamos el percance de Polonia.
Finalmente nos despedimos. Nuestro barco salía a las 8:30 de la mañana. Quién nos iba a decir que ese picnic era el punto de partida de los pescadores de la zona que salían a faenar a las cinco de la mañana… Poco habíamos dormido y aunque nos levantamos con tiempo, la carretera de camino al puerto era igual de mala o peor que la del día anterior. Además a Miguel se le soltó un enganche de la alforja delantera y no podía ir muy rápido con tanto bache. Conseguimos llegar a las 8:35, justo para ver alejarse el barco ante nuestras narices. Parecía que el día no empezaba del todo bien. Sólo quedaba el conductor del autobús que había llevado a los pasajeros al puerto. Le preguntamos si había alguna otra posibilidad de cruzar ese día. De repente estaba hablando por teléfono. Nosotros no sabíamos qué estaba pasando. Nos dijo que nos llevaría al siguiente puerto en el que paraba el barco para cogerlo, así que sin perder un segundo metimos las bicis a una lancha y después nosotros y salió a la caza del barco. Al principio iba despacio y estábamos de pie intentando grabar la situación ‘de película’ en la que nos habíamos metido, cuando el capitán nos dijo que nos sentáramos. De repente aceleró y menos mal que nos sentamos, porque si no habríamos salido volando.
Finalmente llegamos al segundo puerto donde el barco nos esperaba, mientras todos los pasajeros grababan la escena con los móviles. Una vez más nos convertimos en los protagonistas. Por si fuera poco el espectáculo que habíamos dado, una vez más, no teníamos dinero suelto para pagar, así que al llegar al destino corriendo al cajero. Pero el viaje fue muy bonito, acercándonos a las dunas de Neringa, un paraíso.
Lo primero que hicimos fue subir a un mirador entre las dunas desde donde se podía ver la frontera con Rusia.
Después emprendimos rumbo al norte y en el camino nos cruzamos con el primer cicloturista desde que habíamos salido de Almelo. Ildus es un ruso que también tenía un proyecto por el que viajaba dando la vuelta al mundo en bici en tan solo unos meses. Fue todo un subidón encontrarnos con él, pero al ir en direcciones opuestas, pronto tuvimos que separarnos.
En el camino nos encontramos unas esculturas muy curiosas de madera que estaban en el jardín de una casa y paramos para verlas más detenidamente desde la verja y hacerles unas fotos. Nos sorprendió su dueño, Hans, que salió de su casa para contarnos que eran un retrato de él y su esposa y que había una escuela de arte en la península que hacía esas esculturas.
Ellos eran alemanes, que habían nacido allí, cuando esa tierra pertenecía a Alemania. Pensamos en cómo somos capaces de cambiar de nombre los trozos de tierra sin pensar en la gente que la habita. Ahora tenían problemas y estaban planteándose irse a Alemania, ya que allí no tenían cubierta la sanidad.
Por lo visto, en Neringa hay mucho ámbar y Hans había cogido muchos trozos paseando por la playa y me regaló dos de ellos. Además nos enseñó a distinguir el ámbar para que nadie nos pudiera timar. Resulta que al frotarlo con lana huele a miel. Nos ofrecieron dormir en su jardín, ya que en el parque no está permitido acampar, pero era demasiado pronto para parar y teníamos la próxima cita con la pareja de la caravana en Palanga.
Ese mismo día a la hora de comer se nos acercó un chico, Matty, que estaba en el mismo picnic y nos preguntó si éramos de Madrid. Le respondimos sorprendidos que sí y que por qué lo había descubierto. Resulta que había ido a Madrid a ver un partido de fútbol y se había quedado con el acento. ¡Vaya oído!
Estuvimos visitando el parque con la exposición de esculturas de la escuela que nos había comentado Hans y la verdad que fue magnífico, pero se nos echó el tiempo encima. Decidimos acampar a pesar de estar prohibido. Total, no dejamos nunca ninguna huella y no podíamos llegar a ningún otro lugar. Nos pusimos en una duna y cenamos con vistas a la puesta de sol. Terminamos ese día de la mejor forma posible.
Al día siguiente pusimos rumbo a Palanga donde habíamos quedado con Darius e Irma. Al final de la península cogimos el ferry hasta Klaipeda. Allí había algunas tiendas de bicicletas y aproveché para comprarme una alforja delantera, que después de ver lo bien que resultaba la de Miguel, me pareció buena idea. El viaje este día se hacía más llevadero con carreteras algo mejores de lo usual. Por fin llegamos a Palanga, donde éramos esperados. La sorpresa fue que nos habían llenado la nevera y nos dejaban la casa para nosotros solos. No dábamos mucho crédito, pero por lo visto tenían otra casa donde pasaban el fin de semana. Así que decidimos prepararles comida española, así al día siguiente ya tendrían todo hecho al llegar: pisto y tortilla de patata. Entre cocinar y todo lo que teníamos que hacer se nos hizo bastante tarde. Pero agradecimos el descanso en esa casa, que por cierto, nos pareció muy chula.
A la mañana siguiente, antes de partir, pasó a despedirnos Darius, que insistió en comprarnos unas pastillas por si empeoraban las picaduras de Miguel, y nos acompañó hasta el carril bici. Palanga nos gustó, era una ciudad pequeña con todos los servicios, rodeada de bosque y al lado del mar. ¿Se podría pedir algo más?
Y en esta ciudad nos despedimos de Lituania y pusimos rumbo hacia el segundo país báltico.
Conclusiones
Lituania nos ha resultado un país muy cercano. Hemos tenido la suerte de encontrar gente fabulosa que nos ha enseñado su cultura y sus costumbres y hemos conocido tanto la vida en la ciudad como la rural.
Nos han enseñado su manera de valorar la Unión Europea. Ellos, al ser un país pequeño y sin ejército se han visto sometidos por todas las naciones cercanas y sólo la UE ha conseguido hacerles sentir libres. Para ellos poder viajar libremente, es todo un privilegio, que no siempre han conocido.
Y tuvimos la suerte de conocer el paraíso, Neringa, península y parque natural entre el país y el mar, con su ámbar oculto, sus dunas y las preciosas puestas de sol.
¿Encontraremos algo parecido en Letonia?

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